
Acontece que cuando éramos niños vivíamos en calle Cuevas 1839, a cuadras de donde vivían los tatas, cuadras que caminábamos sagradamente cada domingo para el almuerzo en familia con los abuelos, era una especie de minga, todo el mundo cooperaba, los niños jugaban y ponían la mesa, mientras las mamás preparaban las comidas y postres, padres y abuelo conversaban sobre los acontecimientos nacionales…
Mi memoria de niña trae un recuerdo imborrable, asociado a días de invierno, frío y lluvia…
Resulta que en estos días, que se hacían interminables para nosotros, niños pequeños “atrapados” dentro de la casa, ocurría algo que nos alborotaba y alegraba infinitamente…
Acercándose la hora de once, sentíamos golpear la puerta … corríamos a abrir … y allí estaba en su bicicleta nuestro Tata sonriendo, un poco mojado y con las manos en la espalda, escondiendo algo…
Era una bolsa de papel con exquisitas y crujientes sopaipillas que la abueli había cocinado y él nos traía como hermoso regalo, luego se despedía y ni siquiera se quedaba a tomar onces.
Este gesto de los abuelos , lo valoro inmensamente como una sencilla expresión de AMOR y COMPARTIR tan ajeno al actual consumismo.
Y hasta el día de hoy las bolsas de papel tienen un especial encanto para mí…
Historia escrita y contada por Marité Mota