lunes, 7 de julio de 2008

RuizTagle 157 y Federico Reich 138


Oficialmente teníamos domicilio en la calle Ruiz Tagle, pero creo que nuestro mundo estaba detrás de ese portón que se abría hacia la calle Federico Reich. A nuestra llegada al barrio, en esa calle vivían varios cabros chicos como de mi edad.


Pedrito y Anamaría practicando el swing en el portón de salida a Federico Reich

En un principio mi hermanita no se metía mucho con ellos porque no habían niñas, su yunta era la Lucía, nuestra vecina. En cambio yo me hice amigo de un buen lote de ellos. Estaban: el Hernán y el ''Menyo'' (creo que se llamaba Patricio) Madariaga, casi frente al portón en la casa que pocos años más tarde fue domicilio de la familia Paredes; recuerdo claramente a esos dos hermanos que eran unos pequeños bandidos, no maldadosos sino traviesos. Cuando el ''Menyo'' hizo su Primera Comunión decía de él mismo que era el diablo vendiendo cruces. Al lado sur de ellos vivían el ''Tano'' y la ''Pacha'', dos casas más allá el ''Murruco'' y en la esquina de Coronel Souper, el ''Pollo'', que era un poco menor y nunca fue muy querido en el grupo. Hacia el norte no había niños, pero a veces nos juntábamos con un adulto joven, el ''Dari'', bueno para contar bromas e historias increíbles. En seguida vivía un joven trisómico llamado Sergio.

Al lado Sur de nuestra casa hasta Coronel Souper había un gran garage, que llamábamos la ''carrocería'' cuidada por una modesta familia que tenía su casita pegada a la muralla de Federico Reich, pero para tener acceso a ella había que salir o entrar por un portón. Recuerdo que la señora bastante joven, se ponía a lavar ropa en una arteza y mientras escobillaba y estrujaba sin descanso, cantaba con muy buena voz el ''Chiu-chiu'', ''Río, Río'', ''el Tortillero'' y otras canciones tradicionales.

Por Ruiz Tagle hacia el norte, después de los Céspedes llegó a vivir la familia de don Sergio Rodríguez, quien con su esposa, la señora María, fueron los padrinos de Jaimito, hoy conocido como el Gran Don Mejai. Antes de ellos hubo otra familia, pero a penas me acuerdo de una de las damas que habitaban ahí, era la señorita Orieta, que vivía con su mamá y una hermana parece, pero no estoy seguro.

Después de los Rodríguez había un sitio eriazo donde se instaló una familia muy pobre de apellido Palomino, la Guacolda era la mayor de las hijas, una gorda simpática y bonachona de unos 18 a 20 años de edad, buena pa' la talla y pa' los combos, con una risa ronca y pegajosa que calzaba con su personalidad. Tenían por casa una mediagua que pronto quedó oculta por una muralla de cemento, dejando una puerta estrecha colindante con los Rodríguez. El sitio de los Palomino era en la punta de diamante que formaban Ruiz-Tagle y Federico Reich a partir de la calle Thompson.

Toda la cuadra del frente, desde Thompson hasta Cinco de Abril, estaba ocupada por la fábrica de cordeles, propiedad de los Reich, que no ofrecía ningún aporte estético al sector. Los muros altos de ladrillos desnudos con ventanas a 10 metros del suelo y rejas de alambre, eran la antítesis de la ''Oda a la Alegría''. Me parece haber alcanzado a conocer a don Federico Reich, un viejito de bigote blanco, ejemplar típico del caballero de la clase acomodada del siglo XIX. A lo Mejor ví solo su foto y mi imaginación me hace verlo moviéndose.

Cuando cumplí los 7 años mi mamá hizo una fiesta con torta de biscochuelo y hartos cabros chicos invitados. Entonces tomó la precaución de anotar los nombres de mis mejores amigos y el primero de la lista es Jaime Sánchez. No recuerdo cómo ni cuándo nos hicimos compinches, él vivía en General Velásquez esquina de Ecuador, a varias cuadras de distancia, sus padres nunca fueron muy cercanos a nuestro clan, pero ese año con mi "cumpa" ya éramos yunta.

Tranvía Alameda


De día el barrio era casi rural. La Alameda era con álamos y prados atravesando Santiago de Este a Oeste hasta Las Rejas, con un tranvía parecido al de San Francisco, California. Por la calle pasaban carretelas con caballos cargadas con verduras, frutas y legumbres producidas en las tierras agrícolas cercanas. A dos cuadras de la casa se encontraba la lechería con un gran bebedero para los caballos delante de la puerta, adentro se abría un inmenso patio donde se estacionaban numerosas carretelas y algunos camiones. La lechería ocupaba toda la esquina de Jotabeche con la Alameda colindando con la catedral evangélica que todavía existe. Esos eran los límites del barrio en mi mente infantil.

Por encima de la casa circulaban ruidosamente los aviones hacia y desde el aeropuerto de Los Cerrillos, que no se encontraba muy lejos. Allá me llevaba en su auto cuadrado el tío Enrique (otro hermano del abuelo David muy buena tela) cuando me dio la tos convulsiva. Se suponía que era bueno para que tomara aire puro.

De noche, todo cambiaba convirtiéndose en un suburbio casi siniestro. El alumbrado público era escaso y deficiente, con unos faroles de luz amarillenta producido por ampolletas de tungsteno frecuentemente agotadas o destruidas. Yo notaba que los adultos se encerraban temprano, temerosos de ser asaltados en esas calles oscuras, mientras las parejas de enamorados aprovechaban la oscuridad para dejarse llevar en sus apasionados entreveros. Algunos se atrevían hasta a cometer el "pecado de la carne", como decía el curita en la misa dominical. Como yo que era un mocoso inocente, creía que se trataba simplemente de algo así como comerse un bistoco de vacuno un día Viernes Santo y no hacía la relación entre la prédica y las actividades lascivas de las parejas en la sombría vía pública.

Las parejas se instalaban una al lado de la otra apoyadas en la muralla, era como un estacionamiento de supermercado, pero humano, especialmente en la cuadra que ocupaba la ''carrocería''. Esto escandalizaba a los adultos que a veces hablaban de llamar a Carabineros para combatir el ''mal ejemplo''. Pero lo que más daba temor eran los ''cogoteros'' y ladrones que a veces se introducían en las casas por los muros de los patios, fáciles de escalar.

Nosotros, pergenios, más bien le temíamos al "viejo del saco", que se llevaba a los niños para comérselos. A propósito, en Papudo a este personaje siniestro le llamaban "el cesante" y los cabros chicos le tenían mucho miedo. La primera vez que escuché la palabra no sabía su significado y me daba la impresón de que cesante era algo así como jadeante y me imaginaba un hombre sucio de barba negra que respiraba ruidosamente.

Dentro de la casa hubo cambios repentinos. Un día apareció el tío Januario, hermano de mi abuelo, con serrucho, martillo y metro en ristre y se puso a construir la puerta de separación entre el pasillo y la terraza, pintándola de un color azul verdoso que era como un disonancia moderna en un canto medieval. No había ninguna otra parte de la casa de ese color, ni que combinara con él. Creo que el abuelo David encontró esa pintura regalada o ya la tenía de antes, porque todos sabemos que contaba billetes y moneditas con bastante cariño, y que me perdone desde el ''otro lado'' si cuento esta pequeña verdad.

Después de ese episodio nunca más vi al tío Januario...

Otro personaje que aperece en ese tiempo es el ''Vacuna'', quien tenía como oficio el poner vidrios. Era un viejo de ojos grandes como huevo frito que se le veían más enormes con sus gruesos lentes de presbita. Hablaba con voz cavernosa como si tuviese sueltas las cuerdas vocales, debe haber echado humo como locomotora del Far West. Él le puso los vidrios a la puerta que hizo el tío Januario.
Creo que describir el interior de la casa y los cambios que fueron produciéndose, da para otro artículo que les propongo para una próxima entrega. Me queda mucho tema y no logro despegar de los años 1950-52.

Entonces, si nadie se opone, sigo otro día.

Escrito por don Yope

martes, 1 de julio de 2008

Una tarde en Villa Acero

Era tarde ese día de verano de 1993 cuando por fin dimos con Cicarelli 351 de la Villa Acero. Habíamos estado dando y dando vueltas hasta que logramos encontrar la casa de los tíos Jesús y Teresita. Teníamos muchos deseos de volver a verlos y sobretodo a la “tía Teresa”, hermana de nuestra abuela Ana Caro.

Es verdad que les dimos una verdadera sorpresa, pero fuimos cálidamente acogidos y agasajados con unas ricas onces.

Con mi primo Jaime Bórquez, don Mejai, habíamos estado viajando desde Santiago grabando en video y fotografiando el sur de Chile, un trabajo encargado por el Servicio Nacional de Turismo y no podíamos seguir de largo sin pasar a saludarlos y dejar un registro de nuestra visita.

Aquí van entonces algunas imágenes de ese significativo día.





domingo, 29 de junio de 2008

¡ Que linda está la mañana...

... en vengo a saludarte , venimos todos con gusto y placer a felicitarte!

Felicidades don Pedro, Pedrito, don Pello, don Yope.
Que pase un buen día.
Con aprecio
Don Topa

miércoles, 25 de junio de 2008

Mi infancia en Santa Elena


El tío Manuel disponía en su casa de una pequeña biblioteca donde destacaba una colección de National Geographic, cada revista perfectamente cuidada. Yo me entretenía mirando las fotos de diversas partes del mundo, pero prefería las de animales. También había dibujos y algunas fotos del espacio y de los observatorios astronómicos de la época. Además tenía algunos discos 78 rpm de música clásica que yo pedía que me hicieran escuchar, lo que al parecer le daba mucho gusto, porque me hacía unos efusivos "castigos", como decía él, que eran abrazos mezclados con cosquillas y unos zamarreos afectuosos. Cuando quería hacerle cariño a alguien decía: "déjeme hacerle unos castigos".

Pedrito con el tío Manuel en el patio de Santa Elena

Con Patricio Escobar, su hijo, nos entreteníamos sin ver pasar el tiempo. Él era muy hábil para construir cosas de madera, por ejemplo una vez hizo unas lanchitas a motor, la hélice la fabricó a partir de una lata de conservas que se movía torciendo un “elástico” ( ups!). En otra ocasión contruyó unos veleros con timón y fuimos a hacerlos navegar a unas piletas grandes como piscinas, en la Población Chile, que estaba no muy lejos de la casa.

Anamaría, Sonia, Carmen Gloria y la tía Consuelo Castillo en la pileta de la Población Chile

En el patio había una gran barra para hacer ejercicios y yo me lo pasaba colgado o encaramado en ella. Después hacíamos ensalada de pepinos con tomate y la comíamos en el cuarto que había al fondo del patio, imaginando que nos encontrábamos lejos acampando en una cabaña. En el jardín habían dos o tres ciruelos magníficos que nos proporcinaban el postre de nuestro camping. Con esas frutas la tía Teresa hacía una mermelada deliciosa que aún recuerdo con nostalgia y se me hace agua la boca imaginándola sobre esas tostadas que nos servía al desayuno.

Una vez se nos ocurrió hacer unas acequias en el jardín, que serpenteaban entre las plantas, como nos pareció que se asemejaban al río Amazonas nos fuimos a buscar fauna para que fuera más real. Cerca de la línea del tren a Puente Alto corría un canal de agua bastante clara donde se veían pequeños peces y sobre todo sapos, ranas y pirigüines. Capturamos gran cantidad de sapos que transportamos en latas de conservas o de leche en polvo. Estábamos entretenidos jugando con los batracios cuando de repente la tía Teresa nos advierte: "déjense de tomar los sapos que expulsan líquidos venenosos por la piel". Al olernos las manos notamos un olor como de pescado o de agua estancada, con verdadero pánico nos fuimos a lavar las manos con jabón, pero a pesar de repetir y repetir la operación el olor no desaparecía. Cuando fuimos a comer no nos atrevíamos a tocar el pan y la comida nos pareció impregnada de ese olor desagradable.

En otra ocasión, estando yo de allegado nuevamente, llegó la Luca (se llamaba Lucrecia) que era una señora muy simpática, con el pelo completamente blanco, amiga de los Escobar y los Acuña, quien se ganaba la vida haciendo tortas y pasteles deliciosos. Ella me llevó de regalo un queltehue joven en una jaula. Fascinado con el regalo pasé toda la tarde observándolo, dándole de comer, poniéndole agua en un tarrito para congraciarme con él y así supiera que yo era su amable dueño. Ya tarde en la noche me convencieron de ir a dormir. Al otro día tempranito me desperté y lo primero que me dijeron fue: Pello, fíjate que anoche un gato mató al queltehuito. Me levanté de un salto y encontré la jaula vacía con algunas plumas esparcidas.

Después que se me calmó un poco la pena me dijeron que la próxima vez que viera a la Luca no le contara que el queltehue había muerto. Un par de semanas más tarde nos encontramos nuevamente con la Luca y al saludarme me preguntó: ¿...y cómo está el queltehuito, Pedrito?... Y yo, sin titubear ni mirar caras respondí con toda franqueza: ¡Qué queltehuito ni que ocho cuartos, cuando esa misma noche se lo comió el gato!

La historia quedó en los anales de las dos familias y causó risas durante años. Pero también sirvió como evidencia de que cuando niño yo no sabía mentir. Y hasta ahora que estoy viejo me cuesta mucho ocultar la verdad; puedo guardar un secreto hasta la tumba, especialmente si alguien me hace una confidencia, pero no me pidan que diga falsedades.

Con Patricio teníamos también un lote de amigos que se reunían en la "callecita" y con ellos armábamos juegos de policías contra bandidos o pichangas con pelota de trapo, si no conseguíamos de goma o de fútbol. Recuerdo algunos nombres: el Ramón, el Edgardo, el Costa, el Sergio Soto y su hermano Juan, quien fue después el famoso delantero de Colo-colo. Lo llamaban "El Mota", seguramente por su pelo bien crespo, pero yo lo llamaba "El Mo", probablemente por que lo conocí muy niño y debo haber sido corto de lengua.

Juan Soto"el Mo", Ana María, Pedrito y Sergio Soto en la pileta de la Población Chile

Cuando fui un poco más grande el tío Manuel me invitó a visitar su laboratorio. Era una casona de dos pisos que por dentro parecía un palacio. Al segundo piso se llegaba por una escalera de mármol y todo era de una pulcritud digna del Vaticano. Me mostró probetas, alambiques, mecheros, pinzas y tubos de ensayo, pero lo que más me fascinó fue la colección de lupas y microscopios. Como siempre me gustaron los aparatos ópticos, ahí me tocó la cuerda sensible.


El tío Jesús y Teresita en la escalera de el "Palacio"

Cuando se casaron la Tere y la Sonia las fotos oficiales de matrimonio se realizaron junto a la escalera de ese palacio. No sé qué destino habrá tenido ese magnífico edificio. Tampoco sé si quedará allí algún rastro del tío Manuel. Lindo sería encontrar algo significativo para rendirle homenaje.Talvez tengamos el privilegio de rescatar algo suyo para nuestro patrimonio.

(ya vendrán otros de mis recuerdos, si me tienen paciencia).

Escrito por don Yope

martes, 24 de junio de 2008

"Los voladores de Papudo"

Cuenta el viento que cuando don Miguel Encina era joven, su afición por el fútbol amateur lo llevó en una ocasión a partir junto al equipo de sus amores a defender y alentar a sus jugadores en un desafío de alguna localidad cercana, que según dicen habría sido La Ligua y otros afirman que fue en Cabildo.

El caso es que mientras iban felices y alborozados ensayando gritos y arengas en el vehículo que los transportaba regularmente, es decir un simple camión, ocurrió que éste, ante una maniobra desafortunada chocó y habiendo quedado "la embarrada" (como cuenta mi informante) los únicos ilesos fueron don Miguel Encina y su compadre don Amadeo.

Se cuenta que cuando el camión chocó y salieron todos disparados, don Miguel salió "volando" y en su trayectoria le habría hecho el quite a un poste de telégrafo, no sin antes agarrar a su compadre que también iba volando y de ese modo evitar que éste se estrellara.

La mama Juana contaba que don Miguel y su compadre no estaban heridos, mientras que el resto estaban casi todos moribundos.

De allí nació la historia que don Miguel volaba, lo que significó que toda su familia fuera bautizada como "Los Voladores", nombre con el que hasta el día de hoy son conocidos por los habitantes de Papudo.


Historia relatada por Quena Encina

lunes, 23 de junio de 2008

Los hermanitos Mota Escobar

Nos ha llegado esta hermosa fotografía de los primos Mota Escobar para que vayamos conociéndolos y reconociéndolos.

De izquierda a derecha: María Teresa, Marcela, Juan Manuel, María Verónica y Patricia.

domingo, 22 de junio de 2008

Saludando la noche




Un pequeño homenaje a Patricio Varela, locutor radial que nos acompañó tantas noches a través de radio Portales con sus relatos sobre misterios y Ovnis. Estuvo junto a nosotros en Saludando la noche y en Conversando con las estrellas. Hoy debe estar allí, conversando con ellas...