Pedrito con el tío Manuel en el patio de Santa Elena
Con Patricio Escobar, su hijo, nos entreteníamos sin ver pasar el tiempo. Él era muy hábil para construir cosas de madera, por ejemplo una vez hizo unas lanchitas a motor, la hélice la fabricó a partir de una lata de conservas que se movía torciendo un “elástico” ( ups!). En otra ocasión contruyó unos veleros con timón y fuimos a hacerlos navegar a unas piletas grandes como piscinas, en la Población Chile, que estaba no muy lejos de la casa.
Anamaría, Sonia, Carmen Gloria y la tía Consuelo Castillo en la pileta de la Población Chile
En el patio había una gran barra para hacer ejercicios y yo me lo pasaba colgado o encaramado en ella. Después hacíamos ensalada de pepinos con tomate y la comíamos en el cuarto que había al fondo del patio, imaginando que nos encontrábamos lejos acampando en una cabaña. En el jardín habían dos o tres ciruelos magníficos que nos proporcinaban el postre de nuestro camping. Con esas frutas la tía Teresa hacía una mermelada deliciosa que aún recuerdo con nostalgia y se me hace agua la boca imaginándola sobre esas tostadas que nos servía al desayuno.
Una vez se nos ocurrió hacer unas acequias en el jardín, que serpenteaban entre las plantas, como nos pareció que se asemejaban al río Amazonas nos fuimos a buscar fauna para que fuera más real. Cerca de la línea del tren a Puente Alto corría un canal de agua bastante clara donde se veían pequeños peces y sobre todo sapos, ranas y pirigüines. Capturamos gran cantidad de sapos que transportamos en latas de conservas o de leche en polvo. Estábamos entretenidos jugando con los batracios cuando de repente la tía Teresa nos advierte: "déjense de tomar los sapos que expulsan líquidos venenosos por la piel". Al olernos las manos notamos un olor como de pescado o de agua estancada, con verdadero pánico nos fuimos a lavar las manos con jabón, pero a pesar de repetir y repetir la operación el olor no desaparecía. Cuando fuimos a comer no nos atrevíamos a tocar el pan y la comida nos pareció impregnada de ese olor desagradable.
En otra ocasión, estando yo de allegado nuevamente, llegó la Luca (se llamaba Lucrecia) que era una señora muy simpática, con el pelo completamente blanco, amiga de los Escobar y los Acuña, quien se ganaba la vida haciendo tortas y pasteles deliciosos. Ella me llevó de regalo un queltehue joven en una jaula. Fascinado con el regalo pasé toda la tarde observándolo, dándole de comer, poniéndole agua en un tarrito para congraciarme con él y así supiera que yo era su amable dueño. Ya tarde en la noche me convencieron de ir a dormir. Al otro día tempranito me desperté y lo primero que me dijeron fue: Pello, fíjate que anoche un gato mató al queltehuito. Me levanté de un salto y encontré la jaula vacía con algunas plumas esparcidas.
Después que se me calmó un poco la pena me dijeron que la próxima vez que viera a la Luca no le contara que el queltehue había muerto. Un par de semanas más tarde nos encontramos nuevamente con la Luca y al saludarme me preguntó: ¿...y cómo está el queltehuito, Pedrito?... Y yo, sin titubear ni mirar caras respondí con toda franqueza: ¡Qué queltehuito ni que ocho cuartos, cuando esa misma noche se lo comió el gato!
La historia quedó en los anales de las dos familias y causó risas durante años. Pero también sirvió como evidencia de que cuando niño yo no sabía mentir. Y hasta ahora que estoy viejo me cuesta mucho ocultar la verdad; puedo guardar un secreto hasta la tumba, especialmente si alguien me hace una confidencia, pero no me pidan que diga falsedades.
Con Patricio teníamos también un lote de amigos que se reunían en la "callecita" y con ellos armábamos juegos de policías contra bandidos o pichangas con pelota de trapo, si no conseguíamos de goma o de fútbol. Recuerdo algunos nombres: el Ramón, el Edgardo, el Costa, el Sergio Soto y su hermano Juan, quien fue después el famoso delantero de Colo-colo. Lo llamaban "El Mota", seguramente por su pelo bien crespo, pero yo lo llamaba "El Mo", probablemente por que lo conocí muy niño y debo haber sido corto de lengua.

Juan Soto"el Mo", Ana María, Pedrito y Sergio Soto en la pileta de la Población Chile
Cuando fui un poco más grande el tío Manuel me invitó a visitar su laboratorio. Era una casona de dos pisos que por dentro parecía un palacio. Al segundo piso se llegaba por una escalera de mármol y todo era de una pulcritud digna del Vaticano. Me mostró probetas, alambiques, mecheros, pinzas y tubos de ensayo, pero lo que más me fascinó fue la colección de lupas y microscopios. Como siempre me gustaron los aparatos ópticos, ahí me tocó la cuerda sensible.
El tío Jesús y Teresita en la escalera de el "Palacio"Cuando se casaron la Tere y la Sonia las fotos oficiales de matrimonio se realizaron junto a la escalera de ese palacio. No sé qué destino habrá tenido ese magnífico edificio. Tampoco sé si quedará allí algún rastro del tío Manuel. Lindo sería encontrar algo significativo para rendirle homenaje.Talvez tengamos el privilegio de rescatar algo suyo para nuestro patrimonio.






