lunes, 19 de mayo de 2008

Recuerdos de mi familia papudana

Si había algún feriado largo, vacaciones de invierno o una vez que terminaba el año escolar, mi deseo era uno solo: salir cascando lo más rápido posible hacia Papudo, para ser acogido por los Encina, a los que siempre sentí, siento y sentiré mi familia papudana. Don Miguel y la mama Juana fueron mis padres durante esos días y hasta meses que, por años, pasé bajo el manto protector de su tutela.
Don Miguel y la mama Juana

Mi mama Juana Álvarez siempre me trató con extremo cariño y guardaré su imagen en mi corazón con amor profundo, sintiéndome su hijo adoptivo, hasta el final de mis días. Si bien externamente se expresaba con dureza, frunciendo el ceño, era a veces imposible otra forma de controlar a los cabros: Miguel, Tito, Manuel, alias el Guatón, Guillermo, alias el Negro, y Pedro, alias el Pelao, por el lado masculino. Clara, Palmira, alias la Palmy, Ernestina, alias la Erna, Eugenia, alias la Quenita, Teresa, alias la Teruca, Eliana, alias la Pelaita, Juany y Judith Ximena, alias la Judy, por el lado femenino. Un equipo de futbol mixto, con posibilidad de dos cambios sentados en la banca!!!

Juany, Eliana y Judith

No faltaba la discusión boba, que este me hizo esto y que el otro me hizo aquello, para que la mama entrara en acción. Pegaba la buena retada, la que a veces terminaba con la frase: "Mmmmmm, mirenlo, ya te voy a hacer graciosito, ya!!!" Frase que heredó la Palmy, trayéndome el cálido recuerdo de la mama Juana. Recuerdo patente, estando yo bien chico, escucharla levantarse muy temprano, en invierno hasta a oscuras, para amasar el pan que salía después, delicioso y perfumado, del horno de barro. Preparaba el desayuno en una cocina de leña, que estaba al fondo izquierdo de la casa. Inolvidable el olorcito de los huevitos fritos, de campo, que aparecían en esos desayunos! Como inolvidable también la imagen de la mama Juana llamando a las gallinas con ese “tiquitiquitiquitiqui”, desparramando maíz en el patio delantero, rodeada por no sé cuántas de ellas!!!

Mi mama Juana era, por dentro, una mujer dulce, tierna y querendona. Cada vez que fui a Papudo, después de mi exilio voluntario en Brasil, fui a visitarla y lamenté profundamente su partida, tanto como la de mi propia madre. Me hubiese gustado ser uno más de esa masa de cientos de personas que la fueron a dejar para que descansara de sus amasadas y sus cocinadas para ese ejército de cabros, incluyendo al Jaimito, como me decía ella hasta bien crecidito.

El taita Miguel Encina llegaba a tomar desayuno después de haber ido a regar las partidas, revisar los greens y hacer quien sabe cuántos otros trabajos en el club de Golf de Papudo. Entraba a la casa, resoplaba con aire cansado, colgaba su jockey y se sentaba a la mesa. Era bravo pa’ la pega el hombre. Don Miguel fue siempre de carácter duro con todos los cabros. Lo vi cambiar cuando nacieron los nietos, principalmente con el Titin y el Yony, hijos del Tito y la Martita Bazán. Ahí el hombrón se puso dulzón y chocho, quien lo imaginaria!
Le tuve siempre profundo respeto y un cariño tan oculto como él lo tuvo con nosotros, sus cabros. Le teníamos miedo, esa es la verdad. Él y mi amado viejo, don Pedro Segundo, me hicieron crecer y aprender lo que era bueno o malo con la fuerza de sus miradas.

Recuerdo a don Miguel mirarme feo por entre las flores del jarrón en medio de la mesa del comedor, una noche, cuando debo haber puesto cara de mañoso, siendo bien chico. De ahí en adelante jamás nunca osé desafiar sus reglas en la mesa.

En el exterior, con el Pelao, sí lo desafiábamos. Nos tenía prohibido ir a jugar a deslizarnos en una tabla, aprovechando lo resbaladiza que se ponía la quebrada de la cancha del 8, que se cubría con esas agujas que suelta el pino. Pero era irresistible no aprovechar esa montaña rusa natural, empinada, emocionante, blandita para el porrazo que nos proporcionaba la naturaleza! Puchas en reírnos con el Pelao de los conchazos que nos pegábamos en cada bajada!!!

Don Miguel aparecía como un fantasma en el bunker que hay en medio de la cancha, debajo de un gran pino, con las manos en las caderas. No necesitaba decir mucha cosa para saber que estábamos en problemas serios: “a ver, cabros!!!”, gritaba, y el tiempo se nublaba de inmediato para nosotros…. No nos quedaba otra que ocultar las tablas bajo las agujas de pino y salir con la cola entre las piernas, prometiendo nunca más volver a jugar allí…hasta mañana.

Don Miguel de cacería con el Tito

El taita Miguel era un cazador extraordinario. Donde ponía el ojo, ponía los perdigones. Recuerdo como si fuese ayer no más varias cacerías en que participé, junto al Pelao, como cargadores oficiales del morral. Se juntaba un lote grande, no los recuerdo a todos por su nombre, pero veo al tío Milo, hermano de la mama Juana, un hombre dulce, de mirada tierna, de voz suave y de humor sutil e inteligente. Tenía la humildad del hombre sabio, siempre su presencia me llenó de paz y me hubiese gustado poder haber sido mayor para acercarme más a él, para gozar más de su compañía. Veo a don Emilio, que no se bien de donde era o venía, veo también a un señor cuyo nombre se me escapa pero que, si digo que tenía una escopeta que se cargaba por el cañón y que los fulminantes los guardaba en un receptáculo en la cacha de su arma, el Pelao me dirá de inmediato como se llama. Participaba también don Florencio Guerra, don Floro, dueño de la carnicería El Recreo, guenazo pa’la talla el hombre. Hace algunas semanas me encontré con su hijo, el Floro, y me contó que había fallecido recientemente, de un ataque al corazón. Al grupo de cazadores hay que agregar al Miga chico, el Feo, que le dicen ahora, después de un accidente de tránsito en el que vió la pelá pasar cerquita, y al Tito, ambos también excelentes cazadores hasta hoy.

Don Miguel, de cacería

El Tome, Las Cenizas, El Tigre, o el interior del Agua Salada son nombres que se me vienen a la memoria, como destino de esas inolvidables cacerías. Recuerdo hasta el sabor de la ensalada de cebolla con tomate que preparaba don Miguel en una fuente rectangular oscura, enlozada. Tengo también, nítido, el sabor de la tórtola, el conejo o la liebre preparados allí mismo, al fuego de la hoguera. Y la infaltable choca, hecha del tarro de conservas, donde preparaban un tecito hervido con sabor metálico, extremadamente delicioso y reconfortante, con las primeras luces del alba.


Y como olvidar los perros de don Miguel, entrenados para esas salidas a cazar y a uno en especial, el Flag, un perdiguero de flema y estirpe, puchas el perro lindo !!! fiel, cariñoso y experto! Sé que para el taita Miguel este fue uno de sus predilectos. Buceando en el baúl de los recuerdos encontré unos negativos que, de tan negros, nunca les di bola. Hoy, con la tecnología del escaner, logré hacer que afloraran sus imágenes, las que ofrezco a ustedes para que también recuerden o participen, de algún modo, en estos recuerdos.

El Flag (?)


Don Miguel se me fue demasiado rápido. Me hubiese gustado que se quedase más por aquí, para volver a salir a los cerros, con su escopeta al hombro, su pañuelo en el bolsillo trasero derecho, su jockey y su tranco largo y firme. Lo vi, por última vez, acostado en la cama que le prepararon en el comedor. Me dijo “Pelluco, como está don Pedro”, confundiéndome con el Peyo. Bien don Miguel, le dije, sin siquiera pensar en corregir su confusión. Dicen que, poco antes de partir, pidió que no lo enterraran con los pies hacia el mar, porque temía que se le enfriasen.
Asi se fue el taita Miguel, dando instrucciones hasta el final de sus días…

Escrito por don Mejai
Y como acostumbra a decir Don Yope: Continuará.

jueves, 1 de mayo de 2008

Un paraíso llamado Papudo

Capítulo III
El primo Peyo y la Madre de la culebra


Ese día por la mañana habíamos estado jugando a darle de peñascazos a los abejorros que tenían su colmena en un costado de la casa de los Encina, cuando apareció Pablo, un tipo simpático y al parecer muy querido ya que fue saludado efusivamente por todos, especialmente por la dueña de casa, la mama Juana. Rápidamente empezaron las risas y muy pronto nos hicimos amigos. Me comentó que le habían pedido deshacerse de una camada de gatitos que había nacido hacía poco y me invitó a que lo acompañase al muelle para cumplir la tarea encomendada.

Aquí abro un paréntesis para hacer un mea culpa por haber participado en tan innoble tarea, acción que la llevo grabada a fuego y que no logro olvidarla por lo deleznable que fue, sobretodo considerando lo que hoy amo a los gatos y a los animales en general.

Después de realizar “aquello” comenzaron los juegos peligrosos con Pablo, que como ya se habrán dado cuenta estoy hablando de Pablo Marino de Vos, joven que protagonizara años más tarde un triste episodio que no es del caso tratarlo aquí.
La gracia del juego consistía en tirarse del muelle, que por esos años ya estaba totalmente corroído por la herrumbe y darse un piquero por entremedio de los botes que estaban amarrados inmediatamente abajo. Aventura riesgosa e inconsciente de nuestra parte que felizmente no nos acarreó ningún percance o accidente y simplemente sobrevivimos una vez más.

El portón hacia la quebrada

El primo Peyo era todo un personaje. Lo veíamos pasar con su cámara fotográfica y otros artilugios que no entendíamos y a veces también lo sorprendíamos conversando animadamente con las niñas mayores. Era de los primos “grandes” , lo mirábamos pa’arriba y mucha bola no nos daba, así que cuando nos dijo ¡ vamos a la quebrada cabros ! saltamos como resortes y corrimos a la siga de él.

Una nueva aventura se nos presentaba ante nuestros ávidos ojos de niño y mientras corríamos y lanzábamos piedras nos fuimos internando en la espesura de la quebrada. Allí nos separábamos por momentos mientras explorábamos en busca de animalitos y de insectos. De pronto, en medio de la hojarasca apareció un tremendo monstruo, una especie de cucaracha gigante que me dejó helado. Allí estaba muy quieta cuando llegó el primo Peyo a mi lado diciendo con aire docto ¡Aaah ! es la “Madre de la culebra” y la tomó con la mano!!! El caso es que estaba muerta, totalmente seca e inmediatamente se puso a tomarle fotos con una cámara de fuelle que andaba trayendo.

Madre de la culebra - Acanthinodera cummingi

Guardé y atesoré por años ese coleóptero, lo llevaba al colegio en un tarrito chico de Nescafé protegido con unos algodones e incluso lo llevé cuando estuve internado en La Serena, hasta que terminé olvidándolo cuando regresé definitivamente a Santiago.
Al principio me intrigaba aquello de que fuera la madre de la culebra y no podía entender como un insecto podría dar origen a un reptil. Más tarde supe la razón de ese nombre popular. Se dice que es por el gran tamaño de la larva que la gente de nuestro campo la ha asociado a las culebras, de allí que se le conoce como "La Madre de la Culebra".
Por esas cosas del destino “heredé”, para decirlo de algún modo, los negativos que tomó el primo Peyo en aquella ocasión y aprovecho la oportunidad para compartirlos con ustedes.

La Madre de la culebra tomada por don Yope

Por esos días de verano también me gustaba gozar de la playa y sobretodo aventurarme a nadar más allá de la ola grande, así que la tarea era convencer a la prima Anamaría para que me acompañase a la balsa, ya que me sentía más seguro si algún grande iba conmigo. ¡Aaah! era una delicia cuando al fin poníamos nuestras manos en la balsa, nos encaramábamos y desde allí veíamos lo lejos que estábamos, la gente se veía chiquitita en la orilla, más atrás se divisaban aquellas carpas de lona a franjas tan particulares, como telón de fondo las casonas de Papudo, los cerros y el cielo azul, muy azul.
Pero había que regresar nadando hasta la playa y luego de zambullirnos empezábamos a intentar ganarle a la fuerza de la olas y aunque de pronto parecía que no avanzábamos nada, finalmente alcanzábamos “arena “ firme y estábamos a salvo !!!
Gracias Anamaría por acompañarme, nunca he olvidado ese gesto.


El teatro de Papudo, que quedaba en la plaza era otra de las entretenciones veraniegas y a causa de la película que daban esa noche andaba arrancándome y escondido de la Mallín que me perseguía diciéndome “Patito mijito rico” e insistía en que fuéramos al cine para ver “mah’ chica, mah’ chica”. Esa tarde fuimos un lote grande a ver “Chicas, chicas y más chicas” con Elvis Presley como protagonista y me las arreglé para escabullirme de la simpática pero intimidante Mallín. Hoy me entero que ella, que se llama Maria Cristina Alonso Rabat, goza de buena salud y aún transita por esta tierra.

Por la noches salíamos a pelusear por la terraza y cuando teníamos algunas monedas, cosa no muy frecuente, las gastábamos en los juegos que cada verano se instalaban a un costado de la iglesia. Muchas veces nuestros patiperreos nos llevaban hasta el mismísimo Club de Yates, donde observábamos con admiración como los palogruesos y las pitucas se bajaban de sus tremendos autos para entrar muy orondos al club a codearse con sus pares.

La otra entretención nocturna era ir a husmear para saber con quien estaban “las coléricas”. Anamaría, Carmen Gloria y creo que también Lucía integraban ese grupito que a veces las veíamos junto a un Fiat 1100 azul de un tal Rafael. También revoloteaban por ahí el Sadipa y el famoso Pato Pentske… sí, el mismo de la conservera, el mismo del cual me parece haber visto algunas cartas que le escribía a mi hermanita Carmen Gloria que por esos años era simplemente la Loly.

Mis amables lectores, con esto concluyo la trilogía de mis remembranzas sobre Papudo, un verdadero paraíso.

domingo, 13 de abril de 2008

De San Pablo a Ruiz-Tagle


Casona de San Pablo 2322

Retrocediendo algunos años en mi relato vuelvo a la casona de San Pablo casi esquina de Cumming. Veo de nuevo esa larga escalera y hasta me acuerdo de la forma de la llave de la puerta de calle. Era enorme, con una argolla en un extremo del fierro que se terminaba en una paleta lateral en forma de escalera ascendiente y descendiente, de unos cinco especies de peldaños; daba la impresión de la silueta de una pirámide maya.


Escalera de San Pablo 2322

También recuerdo un largo pasillo con un ventanal alto al costado oriente. De ese pasillo se entraba al comedor y a la cocina, el pasillo doblaba a la izquierda, donde habían otras dos puertas: la primera, de una pieza de empleada y la segunda, de un segundo baño con ducha solamente. En este lugar veo al maestro Castañeda montado en una escala de tijera, quien me hablaba frecuentemente explicándome el nombre de las herramientas y para qué servían. Al maestro le faltaba un ojo y siempre me dio una sensación extraña el ver su cuenca vacía. Un día metí la pata con él diciéndole inocentemente: "mi mamá siempre dice: ''no le hace la pata al cojo ni al tuerto el ojo''.

No vayan a creer que se enojó, ni mucho menos. Él simplemente se rió con una carcajada bonachona diciéndome: "güena la talla, Peirito", mientras yo lo miraba con cara de "huevetas" sin saber si salir arrancando a esconderme o esperar a que me llegara un "coscorrón" de mi mamá, que andaba por ahí cerca. En todo caso me di cuenta en ese mismo momento de que la había embarrado medio a medio.

Por esa época la abuela Ana sufrió su primer accidente cardiovascular quedando con dificultades motrices que le impedían bajar y subir la escalera para ir fuera de la casa. Por eso el abuelo David decidió cambiarse de casa. En San Pablo creo que era solo arrendatario y que debido a la situación delicada de mi abuela, se decidió a comprar.



Entrada casa de Ruiz Tagle 157

Un día fuimos Amamaría y yo con el abuelo David a visitar la nueva casa en la calle Ruiz-Tagle, barrio Pila del Ganso. No sé si nos llevó en auto el tío Enrique, hermano de mi abuelo y que dicho sea al pasar, era super buena tela. O tal vez nos llevó don Jota, que era el único de la familia que sabía manejar, en todo caso lo que recuerdo es que el auto era negro y en aquella época los autos eran del mismo color que los teléfonos, o sea...todos negros.


Casa de Ruiz Tagle 157

Llegando a la casa tuve la primera alegría: no había que subir ninguna escalera, más bien había que descender un peldaño. Se entraba a un hall que nos pareció luminoso, pues estaba reluciente de cera, para impresionar al posible futuro propietario. Luego había una gran puerta que se habría hacia ese pasillo con techo de vidrio, con lindas baldosas rojas y este nos conducía hasta la terraza que nos pareció como de un palacio. Luego estaba el patio con ese parrón memorable y unos jardines perfectamente cuidados en cada costado. Entre los jardines serpenteaban unos senderos de pastelones de cemento y en el centro se erguía orgulloso el "piñón", como le decíamos, perfecta figura de la araucaria, con todas sus ramas simétricas bastante tupidas.

Con la Anamaría trotábamos en todos los sentidos aquellos caminitos hechos como a la medida para nosotros. En el fondo sur-poniente del patio había un gallinero. No existían ni el garage ni el lavadero, como tampoco la puerta entre la terraza y el pasillo. Todo ello le daba a la casona la apariencia de ser enorme. Cuando se terminó la visita el abuelo tuvo que retarnos para que dejáramos de corretear y nos fuéramos. Llegando de vuelta a la casa de San Pablo lo primero que dijo el abuelo fue: "a los niños les gustó la casa". Desde ese momento comenzaron los preparativos para la mudanza.

Cité de San Pablo 2324

Dejar la casa de San Pablo no fue difícil a pesar de que yo tenía como cinco años y estaba bastante conciente de muchas cosas, tenía un amigo llamado Daniel que vivía en el cité al costado poniente de la casa. Creo que cuando me despedí de él le regalé algunos juguetes. En la calle Cumming vivía una niñita trisómica que se llamaba Sonia y que me nombraba "el Peíto". Recuerdo que la llevaban a la casa para que jugara con la Anamaría, pero terminaba siendo yo su compañero de juego. También nos despedimos de ella. En esa casa también recuerdo que hubo una fiesta grandaza, parece que fue el compromiso o el casorio del "Jota con la Pecha", como los llamaba cariñosamente mi taita. Otro recuerdo confuso que tengo fue una fiesta con motivo del enlace del Goyo Martínez, personaje que merece un párrafo en un relato futuro, con la Margarita Pizarro.

También quedaba atrás "el pat'e palo", que era un tipo que hacía propaganda con un altavoz al negocio del frente, encaramado en unos tremendos zancos. Nosotros lo mirábamos entretenidos sentados en el balcón del dormitorio de mis viejos. Aun suenan en mis oídos las voces de la Anamaría y de la María Oriana gritándole a todo pulmón: "palo-palo" y el hombre les respondía: "qué quiere, mi niña", y mi mamá intervenía diciendo: "dejen tranquilo a ese caballero".

Pedrito y Anamaría

Un día en que el Sol reinaba sin obstáculos, llegamos a la nueva casa. Mi hermanita y yo contentos como chirigües, ni supimos de bultos ni acomodos; éramos unos pergenios apenas concientes de estar viviendo y en menos que canta un gallo ya estábamos acostumbrados a nuestra nueva realidad, entonces, apenas unos minutos más tarde, aparecieron para desearnos la bienvenida, el Hugo, el Lalo y la Lucía, quienes nos invitaron a jugar y a conocer al resto de su familia: la Cristina, el Pocho, la señora Anita y don Alfonso. Era como si de repente nos hubiera crecido la familia, porque con los Céspedes Contreras fuimos uña y mugre desde el primer momento.

Así empezó un nuevo, largo e importante capítulo de nuestras vidas. Penas y alegrías se irían alternando y forjando nuestros destinos. De los malos momentos me acuerdo poco, tal vez porque es más agradable acordarse de los buenos y el masoquismo no es mi estilo.

Escrito por don Yope

jueves, 3 de abril de 2008

Papudo, antes de nuestra llegada

Durante muchos años pensé que fue don Pedro Segundo Bórquez Alfaro el primero a llegar a las maravillas papudanas y, después de hacer amistad con don Miguel Encina, había comenzado el reguero posterior de visitas familiares. Pero después de un buceo en el material fotográfico de la familia, que heredé de doña Tita, vi que hubo visitas que, supongo, son anteriores o cercanas a la de don Pedro. No tenia registrado en mi memoria que el abuelo David y doña Ana Caro habían andado también por esos lados. Verán en la foto que esta parejita de tortolines anduvo paseando por donde hoy prácticamente nadie puede tener el placer de andar: en los alrededores de Pite, o como dicen los más puristas, La Punta de Piter ( trabajo pa' la casa de los mopris todos: Pite o Piter?


Y continuando el hurgueteo de las cajas de fotos sueltas me encontré con otra, en donde aparece la tía Tere, Sonia y Patricio Escobar! Reflautas, se alarga la rama genealógica de parentela que visitaba Papudo. Pero hubo una foto que me dejó más metido aún, y posiblemente no podamos descubrir este misterio: Carlos y Elvita envían una foto a la familia Acuña Caro desde Papudo un 6 de febrero de 1944… Alguien sabe quiénes son don Carlos y doña Elvita? Parece ser que el balneario era la Cancun de Chile en el 44, todos convergían allí!


Y como lucía el Papudo de ese entonces? Pues bien, encontré esa otra fotito de esos lados y por el camión que va camino a la calle de la iglesia, es como por esos años, cuarenta. Lo mismo parece decir el retrato familiar logrado por Foto Jelvez, donde está la tía Teresa, doña Tita, la Tere, Sonia y Patricio. Será del mismo año en la que vemos a la mamá Tita con Anamaría? Y la misma en donde están don Yope, doña Any, el Tito y el Guatón, en diferentes escenarios papudanos? Recórcholis, el baúl de fotos me tiene sorprendido e intrigado (intrigado, palabra que adoraba usar mi viejo…)





Don Yope habló también que en sus primeras visitas a Papudo aterrizaban avionetas en la cancha del 1, hoy del 9. Y le encontré una foto, que está bastante fuera de foco dígase de paso, que al parecer prueba eso mismito, pues no se me ocurre en que otro lado que no fuesen las canchas de golfo papudanas don Pedro Segundo pueda haber sacado esa foto de doña Tita, don Yope y Any. Don Yope con la palabra.


No he visto ni la mitad de las cajas de fotos y encontré otras piezas que me gustaría compartir con ustedes, nosherma, mopris, nasobris y gentes que nos están visitando y dando ánimo para continuar con los recuerdos. Como estas fotos mías jugando en la poza de la piedra de Catapilco, división natural entre la playa grande y la chica. Alli estoy con un moderno traje baño, o como solía decir don Miga Encina, el “entrepiernas”, pasándolo a la pinta con un velerito, soñando quien sabe un día navegar cruzando los mares del sur.


Y en esta otra foto, estoy en la puerta de “nuestra casa”, la de la familia con el corazón más grande que he conocido en la vida, los Encina Alvarez, con la Eliana, o la Pelaíta, como le decíamos en esos tiempos. Ella es la cara de la mama Juana en esta foto. Esa era la entrada de aquella casa larga de adobe, pintada de blanco. Y me gustaría que me recordaran, así que volvamos a Papudo, ir a la casa Encina Alvarez y reproducir una foto en donde está toda la familia, retratada por el costado de la casa, en donde también se puede ver el albo impecable que ésta siempre mantenía ( y las jaulas de jilgueritos y canarios en la pared, si no me falla la memoria…)


Y el baúl de los recuerdos me entregó estas otras fotitos, que indican lo bien que lo pasamos todos, el contacto que tuvimos con las experiencias de la vida más campestre, más natural, Any andando a caballo con el Guatón, en esta otra estoy arriba de un burro, junto a mi hermanita relinda, o este bello recuerdo en donde estamos Any y yo con nuestra mamita también relinda, y la Teruca, posiblemente en los roqueríos de la piedra de Catapilco.



La última foto que les quería mostrar es esta, en donde estoy posiblemente cerca de Lilén. Pienso que el cabro que camina atrás de mí, “cabeza gacha”, es don Yope, mostrando su cuerpo de Charles Atlas.


Y si el distinguido público cree que tiré toda la carne a la parrilla, más adelante van a ver que estamos lejos de haber visto todo lo que hay en estas cajitas de Pandora….

( y como dice don Yope, continuará….)

lunes, 24 de marzo de 2008

A los cerros papudanos. ¡¡Ségunda!! ...dicen Los Chachaleros.


Cualquier pretexto servía para ir al cerro. Para el "golfo" era otro cuento, pues había que levantarse por obligación, tempranito para arreglar los "grines", los "bánquer", limpiar los "fergüei" y las partidas. Después, tomábamos desayuno con pancito amasado y volvíamos al "golfo" a esperar los pijes golfistas para que nos contrataran como caddies, o como ''punteros'' cuando éramos demasido petisos y no nos podíamos la bolsa con los palos. Ahí nos mandaban adelante para mirar dónde caía la pelota de los jugadores que le pegaban chueco. Nos pagaban menos que a los grandes, pero igual nos servía para comprarnos un dulce de La Ligua y una Papaya Rubio. A propósito tengo que contar la triste noticia que la pequeña industria que producía esta deliciosa bebida gaseosa hace poco cerró definitivamente sus puertas. Ahora ando desesperado haciendo mezcolanzas tratando de obtener un sabor aproximado. Lo más cercano me parece, es 7UP o Cachantún con jugo de papaya de La Serena. Quedo atento a recetas mejores.

Mi primer contacto con el golf fue desastroso. Resulta que don Miguel nos había regalado, cuando recién nos conocimos, un fierro n°2 para mi viejo y un n°4 recortado para mí. También nos pasó unas pelotas viejas; algunas con tremendos chichones por los coscachos recibidos y unos cortes como sonrisas diabólicas. Nos fuimos mi viejo y yo a la "cancha del zig-zag". En la partida mi taita puso un tee y una pelota, me repitió las intrucciones que le había dado don Miguel: "ponga las manos así, párese asá, mire siempre la pelota...ya, hijo, péguele, no más...". Eché la chueca atrás, con todas mis ganas y tuve la sensación de haberle pegado a un tronco de árbol. Me di vuelta de inmediato y vi a mi viejo tapándose el ojo derecho con la mano llena de sangre. El susto que me dio fue más grande que el pánico y me puse no a llorar, sino a bramar. Pero mi viejo pronto me calmó asegurándome que no era nada tan grave y sobre todo, que yo no tenía la culpa. Se acordó hasta de recojer las chuecas y las demás cosas que me pidió que transportara, se puso un pañuelo en el ojo, me tomó de la mano y empezó a silbar mientras caminaba.

Así bajamos hasta el edificio de la Municipalidad, donde tenía su clínica el Practicante don Juan Léctora, quien le puso varios puntos de sutura y le pegó un tremendo parche curita en plena ceja derecha. Mientras se hacía tratar, mi taita echaba tallas y el practicante, que era re simpático y querido por todo el pueblo, se las respondía, así los dos se hicieron amigos y en más de una ocasión don Juan trató a mi taita por algún achaque, especialmente después de algún exceso de la Semana papudana o de la zapallarina.

Esa fue mi primera experiencia como golfista. Casi me acrimino con mi viejo. Pero después empecé a pegarle a la pelota y a jugar como los cabros de allá, que a pesar de que casi siempre me ganaban yo les hacía la collera, especialmente hacia fines de cada verano, cuando ya estaba mejor entrenado. A principios de mi adolescencia Emilio Palacios, en ese tiempo uno de los mejores profesionales de Chile, le dijo a mi papá que yo le pegaba muy bien a la pelota y que un día podría ser profesional. Pero para eso habría que haber tenido billete, para comprarme equipo y conseguir canchas donde entrenarme. Como nosotros éramos puro pueblo el sueño murió ahí, en los cinco minutos siguientes del comentario.

Ir a la leña significaba al mismo tiempo jugarretas y trabajo. Colgarse de las lianas, subirse a los árboles y tirar piedras con la honda se combinaba con cortar ramas con el machete, atar las ramas y cargarlas al hombro hasta la casa que se encontraba a varios kilómetros de distancia. El atado de leña era pesado y las asperezas de las ramas nos agredían la piel por encima de la ropa y la tela de saco plegada que nos poníamos como cojín. A veces el taita Miguel encontraba poca la leña o de mala calidad y nos echaba su buena retada, jamás lo escuché darnos las gracias o felicitar a alguno de los hijos por algo bien hecho. Pero igual lo pasábamos bien en las quebradas comiendo cóguiles, granadillas o fruto de boldo.


Este último no es muy evidente y en general, poco conocido; es como una bolita verdosa (recuerden que soy un poco daltónico) de un sabor dulce en armonía con la fragancia de las hojas, de aproximadamente un centímetro de diámetro. Un verano de abundancia excepcional, nos dimos una tranca con el Miguel, el Tito y el Guatón, creo que estaba también Patricio Escobar. Nos hinchamos y en la noche fue el descalabro, en la pieza donde dormíamos los cinco no se podía respirar, la imperiosa necesidad de aliviarnos con sonidos de variadas tonalidades nos provocaba una risa incontrolable que nos aumentaba las ganas de desinflarnos. A cada ''nota'' de ese concierto seguía una talla y más risas, hasta que el taita Miguel nos paró los carros desde la pieza vecina.
Esos recuerdos son impagables. Sin ser inconcientes de lo seria que puede ponerse la vida, ni sin perder el sentido de nuestras obligaciones, nos dábamos la satisfacción de ser felices con cosas tan simples, cosas que no se necesitan comprar ni adquirir a la mala; piedras, palos, cordelitos, cuescos de frutas, en fin, cualquier cosa, se convertía con imaginación, en juguete o herramienta. Lo otro que nos definía como niños felices era la sensibilidad hacia la naturaleza. Todo ello era acompañado y fortalecido por el cariño que nos teníamos, todo lo compartíamos, pero respetábamos lo que le pertenecía a otro. Nadie tomaba la onda o el ''zurrión'' del otro sin su permiso. Al mismo tiempo si alguno le pedía alguna cosa a cualquiera de nosotros, era seguro que se le prestaba y luego se devolvía en el mismo estado que antes. Por eso nos entendíamos tan re bien y las jugarretas del golf, del cerro o de las salidas a pescar y a mariscar quedaron como esculpidas en nuestros felices recuerdos.

Salir a mariscar es otro cuento que irá en un capítulo posterior.

(continuará, lo prometo, a menos que alguien se oponga...)

lunes, 17 de marzo de 2008

Un paraíso llamado Papudo


Capítulo II
Los pirigüines nadaban felices


El olor a pan calentito con mantequilla y al café con leche viajaban por el aire matutino y al circular por nuestras narices iban despertando alegremente nuestros cuerpos aletargados. ¡¡ Arriba los corazones !! que nos espera un nuevo día pleno de aventuras. En un santiamén estábamos en pié y después del rito de empaparse apenas los ojos para no sentarse a la mesa con lagañas nos apresurábamos en devorar nuestro frugal desayuno para luego salir a jugar

Carlitos Harnecker, era un conspicuo personaje que acostumbraba pasar algunas temporadas veraniegas en casa de los Encina. Nos asombraba por su forma de hablar y sus finos modales cuando compartía la mesa familiar. Regularmente estaba impecablemente vestido y perfumado, además que siempre estaba bien acompañado por algún amigo. Nos llamaba mucho la atención su forma de actuar pero a pesar de todo manteníamos una actitud respetuosa hacia él sin que por eso pudiésemos evitar intercambiar algunas miradas de complicidad.

Terminado el desayuno salíamos en tropel a jugar afuera y pronto estábamos afanados en conseguir los elementos para el plan del día. Haríamos arcos y flechas !!! la guerra ya estaba declarada !!! Luego de trabjar arduamente en confeccionar nuestras “armas” nos agarrábamos a flechazos tupido y parejo. Lo curioso es que a pesar de lo peligroso que puede ser un juego de este tipo, no recuerdo que alguien haya salido herido. Hoy las madres no dejarían jugar de esta forma a sus hijos ante el temor de desprendimientos de córneas, heridas infectadas, esguinces y desgarros. Parece que en esos años teníamos a nuestro lado unos ángeles de la guarda muy eficientes que nos cuidaban con esmero, ya que no habían escaners ni resonancias magnéticas y todos esos artilugios que han inventado actualmente para someternos.

Aburridos de jugar a los indios, por la tarde después de almuerzo armábamos una gran pichanga frente a la casa. Pronto aparecía una pelota y…
¡¡¡ Se comienzan a armar los equipos señores!!! .
La estrella por esos días era “La Garrincha” y todos la querían para que jugara por su lado. Era ni más ni menos mi hermanita Viviana que de tanto juntarse con los hombres había desarrollado una actitud y fortaleza notable. No se arrugaba ante nadie y metía la pata con fiereza, marcaba con vigor y se despachaba unos furibundos pelotazos que muchas veces se transformaban en goles. La algarabía era total y en medio de la polvareda que levantábamos, los gritos y el aliento de los espectadores… de pronto se escuchaba:
Hay que ir a buscar agua niños !!!

Último gol gana !!!

Sudorosos y cansados salíamos con la carretilla y las chuicas rumbo a la quebrada del francés en busca de agua y de nuevas aventuras. Por el camino íbamos ensayando la puntería con las hondas y perdiendo la últimas flechas que nos quedaban.
Los Boldos, Quillayes y Litres nos iban acompañando con su sombra y aromas mientras nos internábamos en busca del tranque para sacar el agua lo más limpia posible. En algunas ocasiones nos deteníamos en las pozas para observar los insectos que pululaban por allí como las Libélulas, que para nosotros eran verdaderos helicópteros y los Patinadores que se deplazaban veloces sobre la superficie del agua o simplemente para agarrar a peñascazos a los pirigüines.

Al final de la tarde, felices pero cansados, volvíamos a la casa con el agua que habíamos recolectado y al llegar la vaciábamos en unos tambores que estaban en un patio interior.
Allí mientras el agua caía a borbotones desde las chuicas observábamos asombrados como un sinfín de pirigüines nadaban felices en el fondo del tambor.

sábado, 15 de marzo de 2008

Un paraíso llamado Papudo

Capítulo I
Andes Mar Bus – Los rápidos de Chile también llegan a Papudo

Casi no había dormido pensando que al día siguiente, ese siete de enero de 1964, partiríamos con mis hermanas, la Vivi y la Loly, a un balneario llamado Papudo donde según mi madre, la Fresia o la Pecha como le decían sus más cercanos, nos quedaríamos en la casa de una familia amiga, los Encina, un grupo familiar enorme con muchos niños y niñas. Mi madre me había asegurado que no me iba a aburrir y que además iba estar un primo casi desconocido para mí, el Jaimito, hijo de la tía Tita y del tío Pedro Bórquez.

Esa mañana estaba un poco fría y caminábamos apresurados por la calle San Pablo con las maletas a cuestas, doblando raudos por la calle Bandera y a la rastra llegando a la Avenida Balmaceda donde estaba el Terminal de Andes Mar Bus.


La emoción era fuerte al ver esas máquinas poderosas color café con leche y con su motor ronronendo, prestas a partir hacia su destino. El movimiento del terminal era incesante, vendedores y suplementeros pululaban por todos los rincones, gente llegando, otros esperando algún pariente mientras los auxiliares de los buses, ataviados con un uniforme color beige y su gorra se esmeraban en acomodar la carga y los bultos sobre la parrilla superior para posteriormente cubrirlos con una lona y amarrarlos cuidadosamente. No fuera que se cayese algo por el camino…



Nos acomodamos felices en nuestros respectivos asientos cuya “librea” era dorada de fondo con líneas y ondulaciones naranjas. En el apoya brazos había una perilla que había que girar para reclinar el asiento y las ventanillas siempre tan requeridas y motivo de peleas para ir mirando el paisaje, contando las vacas y asombrándonos con la publicidad caminera tenían cortinas retráctiles que pronto nos encargamos de despejar, mientras emocionados veíamos como el conductor con su uniforme café se encaramaba rápidamente al bus haciéndole el quite al motor que estaba al lado de su asiento al tiempo que tomaba el control del volante.

Eran las siete de la mañana, el bus se balanceaba saliendo del terminal y mientras se desplazaba por las calles de ese Santiago que recién comenzaba a despertar, el sol despuntaba sus primeros rayos por entre los contrafuertes cordilleranos.
El trayecto hacia la costa se fue desarrollando sin contratiempo alguno hasta que finalmente llegamos, después de horas que me parecieron interminables, al pueblo de Papudo.

A la sazón tenía 13 años y había llegado hacía poco desde La Serena donde estudiaba en un internado para ser cura franciscano y me sentía un poco como pollo en corral ajeno con tanto ajetreo en la casa de los Encina, la cantidad de niñas me turbaban un poco y los niños que se esforzaban por hacerme sentir en casa de a poco los fui conociendo… el pelao, el Manuel y mi primo Jaime, los que a la postre fueron mis “compañeros de trabajo” en las marchas forzadas a buscar agua a la Quebrada del francés y también cómplices de las aventuras que se fueron sucediendo en cada incursión que hacíamos a ese paraíso hermoso lleno de árboles frondosos, de frutos silvestres que comíamos sin reparos y hasta el hartazgo. Aún siento el sabor dulzón de los cóguiles que recolectábamos cuando íbamos a jugar y a balancearnos en las lianas, felices gritando a lo Tarzán. De pronto nos dábamos cuenta que el sol empezaba a bajar vertiginosamente y partíamos raudos quebrada abajo para llegar a la casa con nuestro precioso elemento, el agua, antes que anocheciera y nos lleváramos algún reto.


Cóguil (Lardizabala biternata)

Mi primeras impresiones cuando llegué por primera vez a la casa de los Encina fueron fuertes. La mirada adusta, pero acogedora de don Miguel Encina, lo laborioso de la mama Juana y de las niñas, que como dije me inhibían un poco, sobretodo considerando que como venía de un internado mi contacto con el sexo opuesto era escaso. Pero la impresión más fuerte llegó cuando me llevan a una pieza que quedaba casi a la entrada de la casa y me dicen, aquí vas a dormir tú, en la pieza de los hombres. Me asomo a una pieza oscura y siento un olor acre que no era a canela entre movimientos de sábanas, resoplidos y uno que otro ronquido. Fue un golpe fuerte a mis sentidos, pero el acostumbramiento llegó más pronto de lo esperado. A la noche siguiente después de correr y jugar toda la tarde ya estaba cooperando con la densa atmósfera llena de olores, humores y sudores de nuestro dormitorio comunitario.

Seguirá en una próxima entrega