miércoles, 12 de marzo de 2008

Del trencito al Jedimar...

Verdad sea dicha, don Yope nos ha dado cancha, tiro y lado en esto de pasar al blog los recuerdos. Y se le viene cada detalle a la cabeza! Ahi uno es obligado a exclamar "era eso mismo!". Viajé más de alguna vez en ese tren a Papudo. Era cabro chico y el viaje era toda una aventura. Estación Mapocho, Montenegro, Til Til, Polpaico, Quínquimo, Las Chilcas, Llay Llay, La Calera, pueblos y pueblitos que, al pasar por ellos, me acercaban más a ese pedazo de paraíso que fue, es y será Papudo. Habia una parte en el camino en la cual el tren retrocedia. Mi viejo siempre me hacía la talla: aaahhhh, Jaimito, nos estamos devolviendo!!! Y se me venía el mundo abajo. No más caminatas por los cerros, no más salidas con mi yunta, el Pelao, Pedro Emilio Encina Alvarez; Pedro por mi viejo, su padrino, y Emilio por don Emilio, eximio cazador, gran amigo de mi viejo y de don Miguel, o don Miga Encina. No más recogiendo piedras huevillo para los certeros hondazos, no más guerra en la quebrada, con bellotas, ni más gritos de Tarzán en el paseo a las lianas, ni ir a comer cóguiles, ni las bajadas a la playa en la tarde, despues de hacer lo que era sagrada y agradable obligación: ir temprano a las canchas de golf, salir de puntero o caddie, ganarse unas monedas y después almorzar e ir al agua, con la carretilla llena de chuicas o a buscar leña, para la mama Juana hacer ese delicioso, inolvidable, santo y maravilloso pan, en el horno de barro que había a la entrada de la casa.

El ir en tren a Papudo era más que un viaje, era una verdadera iniciación. Peyo lo dice claro, salíamos temprano y llegábamos al paraíso cerca de las tres de la tarde, o me equivoco? Esa carretilla de madera, especial para cargar maletas!!! Se me habia olvidado, oiga! Y al salir de la estación pasabamos por una especie de cruz horizontal, dos palos cruzados como lo que en portugués se llama catraca, como esas que tiene el Metro, para que pasen de a uno los huevetas y no se achoclonen...



Pero el tiempo hizo que el viaje fuese en bus. Don Topa puede colaborar aquí con esas fotos de los buses Schausson, de Andes Mar Bus. Y también viajaba en Jedimar, que es la sigla de don Jesus Diez Martínez, el cual tuve placer de conocer en los años 80, cuando dí la Vuelta al Mundo, con Lan Chile. Hoy este caballero es dueño de Tur-Bus... puchas que le creció el pelo.

Me mandaban chico en bus a Papudo, llevaba siempre una caja de cartón con alimentos para la casa, tallarines, salsas, arroz, azucar, en fin, habia que ponerse, claro, aunque esa caja no era ni de lejos lo suficiente para el tiempo que pasaba en casa de los Encina. Recuerdo haber partido, innúmeras veces, al otro día del año nuevo y volver dos días antes de entrar a clases. Las patitas... Y hubo un tiempo que jodí la pita para que me dejaran en Papudo, quería incluso que me inscribieran en la escuela! Qué Santiago ni que ocho cuartos, que Liceo Ruiz Tagle ni que nada, Papudo era mi sueño interior, para ser feliz el año entero, protegido por los cerros y el mar, en compañia de mi yunta, el Pelao.

Pasaba el tiempo volando, del golf al almuerzo, de ahí al agua, de ahí a la playa, luego a tomar once, despues a jugar al alto, a la escondida, de ahí a comer, bajar a los juegos, la lotería, el taca taca, los patitos, pasear por la terraza y partir a acostarse, para repetir nuevamente todo al otro día, sin el menor problema.
Un día me avisaban, mañana tiene pasaje, Jaimito, se tiene que ir a Santiago. Ay que pena más grande !!! volver a la ciudad, no más cerros, no más hondazos, no más risas, o más historias de fantasmas, de almas penando, no más escuchar al Guatón tocando la armónica, no más salir con los viejos a cazar, don Lucho, don Miga, el tio Milo, mi viejo, don Emilio, don Floro Guerra (falleció en octubre pasado) y varios que se me olvidan. También recuerdo que participaban el Tito, el Miguel y el Guatón, tremendo grupo de gente! Era talla el día entero.

El Jedimar partía re temprano. Me despertaban y aún era de noche. El Guatón Manuel me iba a dejar. Cargaba mi maleta en su hombro y bajamos por el peladero que hoy es una calle llena de casas. Chao Jaimito, buen viaje, decia Manuel. El bus cruzaba la plaza, tomaba la carretera y yo miraba por la ventana trasera como me iba alejando de mi paraíso, de mi yunta el Pelao y de todos esos seres queridos, la Pelaíta, la Juani, la Judy, la Quena, el Negro, el Guatón, el Tito, el Miguel, la Teruca, la Palmira...

Cuando el Jedimar enfilaba y subía para el Agua Salada, desaparecía Papudo y, a partir de ese punto, lloraba en silencio hasta convencerme que, en el feriado más próximo, volvería a mi paraíso. Y asi fue siempre.

( continuará, claro!)

sábado, 8 de marzo de 2008

A los cerros papudanos, me llevaron los caminos... Como la Zamba del Grillo: ¡¡Primera!!

A la una de la tarde, si es que el tren llegaba a la hora, entrábamos en la estación de Papudo, pero antes de detenerse pasaba el inspector retirando los boletos, también pasaba a la carrera el vendedor de bebidas recogiendo las botellas; ése que como me lo recuerda don Topa, gritaba: "Maltabilypilsen", todo de corrido.
Abro un paréntesis. Esto me hace pensar en uno de estos vendedores que hacía el trayecto a Cartagena. Tenía unos modos tan finos que no podíamos evitar de dudar de su masculinidad; ofrecía sus bebidas con voz de flauta desafinada, como preguntando: "¿Petsicola, Orancrásss?". Y la gente le compraba con una sonrisita irónica. Cierro el paréntesis.
Nos bajábamos de ese tren que tanto se había esforzado para llevarnos hasta el nivel del mar y empezábamos nosotros a subir con las maletas a cuestas para llegar hasta la casa de los Encina, que se encontraba por allá arriba, donde el diablo perdió el poncho; y pensar que ahora están casi en el centro de la ciudad, sin haberse mudado. A veces mi viejo conseguía uno de esos sencillos papudanos que se ganaban unos pesos llevando maletas en una carretilla fabricada a mano, con una plataforma plana y un borde adelante para impedir que los bultos resbalaran.Tomábamos la "calle de Don Rola", respirando cortito por lo empinada que era la subida. Se pasaba delante de la "Residencial Hernández", donde nos alojábamos cuando íbamos en familia, antes de que mi mamá entrara en confianza con la mama Juana. Ahí, cuando yo estaba re chico, me mandé un condoro que todavía hace reir a mi hermana. Toda la familia lo gozó durante años, especialmente el tío Sergio, que parece que estaba presente. Resulta que a la hora del desayuno o del almuerzo, mi hermana que tendría dos o tres años, tuvo una urgencia biológica en el dormitorio y yo entré al comedor, que estaba lleno de veraneantes, gritando: "mamá, la Anamaría quiere caca". En esa época "caca" era palabra soez, había que decir "cacuca", también se decia el "popin" y todas las partes del cuerpo un tanto íntimas tenían su nombre "elegante". En esos tiempos lejanos, la calle al sur de Don Rola era la que limitaba las canchas de golf y en ella se encontraba El Parrón, a los pies de la residencial Hernández. Siguiendo el camino cuesta arriba, se pasaba delante de los restos calcinados del "Gran Hotel", que durante muchos años permaneció en ruinas. Recuerdo que aun olía a quemado; vigas, postes, palmeras y eucaliptos medio tostados parecían empeñados en recordar días gloriosos de lujo y opulencia, mientras una hermosa cerca de madera se esmeraba en impedir la pasada a los roteques. Seguíamos subiendo hasta llegar a la plaza. Entonces, mi taita decía al de la carretilla: "hasta aquí no más, amigo, el resto me la puedo solo... Cuánto le debo", y el hombre respondía: "lo que sea su cariño, pues". Mi viejo, que le gustaba ser generoso, sacaba unos billetes arrugados y le decía: "perdone lo poco,amigo". Al tipo se le desarrugaba el caracho y con una sonrisa de oreja a oreja daba las gracias; enseguida, agarraba la carretilla y corría cuesta abajo a ofrecer sus servicios a otros pasajeros que subían lentamente cargando sus bultos, porque en ese tiempo no había taxi, con suerte se podía conseguir carretela con caballos. También se veían carretas con bueyes, porque Papudo era agrícola y pesquero. Su vocación de balneario vino después, cuando se generalizó el servicio de alcantarillado. Cargando una maleta en cada mano mi taita emprendía de nuevo la marcha. Como yo era un pergenio de cuatro a cinco años, la única carga que era capaz de llevar era un bolso, de esos que se tercian desde el hombro, más mi propia humanidad. Las casas más arriba de la plaza se erigían como salpicadas entre los terrenos desocupados, muchos de ellos sin ningún límite visible. Atravesando esos sitios por senderos entre abundantes cardos, que a veces me rasguñaban las piernas a causa de mis pantalones cortos, o me clavaban las patas transpasando la tela de las alpargatas, o los agujeros de ventilación de las sandalias , llegábamos al fin a casa de los Encina, donde nos recibía con sincero regocijo la mama Juana, el taita Miguel, Humberto y la cabrería que ya sumaba como ocho hijos; entonces llegaba yo, pa' que no se sintieran tan solos. La playa, los cerros y el "golfo" ya eran destinos fijos pa' partir con el Miguel, el Tito y el Guatón en cuanto nos dieran permiso. Pero antes, mi viejo tenía que abrir las maletas, conteniendo regalos y abarrotes para que nuestra presencia no fuera una carga muy pesada. Aun tengo grabada en la memoria esa maleta de cuero color café. ¡Puchas que duró esa maleta! No recuerdo haberla visto destrozada por el uso. También tenía otra del mismo color, pero de material rígido, como metálico, con unas tremendas chapas.¿Vamos pa'l cerro, Pello?", me decían los cabros y yo miraba no más a mi viejo, que decía sí con la cabeza agregando: "sea prudente, hijo". La mama Juana agregaba: "aprovechen de traer leña pa' la cocina"...Y partíamos felices en busca de nuevas aventuras.
(...Quedo haciendo el punteo antes de la segunda )

Escrito por don Yope

domingo, 24 de febrero de 2008

Qué tiempo feliz... Segunda !!! como dijo la zamba.

El trencito a Papudo... los recuerdos se atropellan en mi memoria cuando pienso en la aventura que significaba ir a Papudo en esos tiempos. Es como saborear de nuevo los huevitos duros y los ''sanguchitos'' que llevábamos para el camino.


Por lo menos con mi viejo éramos discretos y esperábamos tomar la combinación en Calera para sacar el cocaví, porque en la estación Mapocho había que tomar el tren a Valparaíso primero. Partía a las 7:45 y en cuanto el inspector tocaba el pito para anunciar la partida, los pasajeros de esos carros segunda clase sacaban botellas de vino o de bebidas gaseosas, pasteles, pollo fiambre, perniles y arrollados... para el camino... y se los engullían antes de llegar a Las Chilcas !!!

De ahí para adelante compraban cuanta lesera pasaban ofreciendo los vendedores: merengues, sustancias, tortas de Curacaví, charqui de caballo, queso de cabra y alfajores eran lo más frecuente. Y entre vendedor y vendedor se instalaba un cieguito y su hija, que eran ya famosos, a cantar y tocar la guitarra o el acordeón. Como eran realmente buenos, llenaban el sombrero de chauchas y hasta de monedas de un peso. Seguramente que en los carros de primera clase les darían billetes, porque en el que viajábamos nosotros eran pocos los que tenían más que ''molido'' en los bolsillos.



Antes de la primera parada que era en Llay-llay, porque el expreso no se detenía en estaciones chicas, pasaba el inspector con una especie de alicate haciéndoles unas muescas a los boletos que eran de cartón grueso y duro de 3X5 cm, algo así como los billetes de los Picapiedra. Si hasta me acuerdo de su cara redonda con un bigote grueso que le escondía la boca, me miraba y me hacía poner de pie para ver si no era demasiado pailón como para pagar medio boleto no más; es que mi viejo tenía que ser económico para poder darse el lujo de veranear. Como a las diez de la mañana se llegaba a Calera y había que cambiarse de tren, éste era de trocha angosta con carros que tenían destinaciones diversas: unos iban a Los Vilos, otros a La Ligua o hasta La Serena; y los que iban a Papudo no sumaban más de tres, a veces eran unos carros mixtos de primera y tercera clase. Evidentemente que nosotros viajábamos en tercera, en unos asientos de palos atravesados que le dejaban el trasero con callos a los pasajeros que no se paraban de vez en cuando.


Para mí empezaba la parte más linda del viaje. Más vendedores y más cantores, era admirable el sentido del equilibrio que tenían, el balanceo de los carros constituía un verdadero desafío para cualquiera que pretendiera realizar cualquier desplazamiento sin afirmarse. Para mí la prueba más difícil era ir al baño y apuntarle a la taza sin rociar los bordes o mi pantalón.
El traqueteo rítmico del pat'e fierro, los resoplidos de la locomotora a vapor y sus pitazos eran música en mis oídos. Pasando la estación El Melón el trencito comenzaba el difícil ascenso de la cuesta del mismo nombre haciendo zig-zags, como queriendo devolverse. La marcha era tan lenta que algunos se bajaban para caminar o trotar al lado de los vagones. El panorama era de una belleza salvaje y con distintos tonos de verde, como los ''Paisajes de Catamarca'', las quebradas profundas llenas de árboles y matorrales densos que me hacían soñar con selvas vírgenes y animales exóticos. Y así, con gran esfuerzo la pobre locomotora llegaba por fin al túnel de Palos Quemados. La mitad del túnel, de un total de casi un kilómetro de largo, era de subida y en el medio se producía una especie de despertar que anunciaba que empezábamos a bajar, pero antes de emprender alegremente la bajada de la cuesta hacia Catapilco, el convoy se detenía para respirar un poco. Parece que la parada era para abastecer en agua la extenuada locomotora.


Luego partíamos con más energía, pasando por Catapilco y Rayado que era simplemente una parada donde el tren hacía un cambio de locomotora y le entregaba a otra máquina los carros que iban para otro lado. Pero lo más extraordinario era un pastel de choclo que vendían en Rayado, hecho en masa de empanadas, tenía forma cuadrada y en cada esquina sobraba una punta de esa masa deliciosa. La viejita que los vendía no daba abasto, en cinco minutos se le vaciaba el canasto y quedaba prometiendo más para la vuelta. La gente le compraba por las ventanas estirando el brazo y ella pasaba su obra de arte culinario en una servilleta de papel. La fragancia de ese pastel de choclo se fijó en mi memoria y lo reconocería sin equivocarme en cualquier parte del mundo... ¡Y mi viejo lo combinaba con una Papaya Rubio!...


Después del banquete seguían las golosinas y los aromas de cada estación; en Quínquimo siempre había una mezcla de eucalipto con asado a la parrilla que nos volvía a abrir el apetito, además vendían unos sandwichs de arrollado en pan amasado irresistibles.


Cuando el pito del tren sonaba en Agua Salada era el anuncio del fin del viaje. El mar se veía solamente casi al llegar a la estación de Papudo, que se encontraba en la entrada de un bosque de eucaliptos y cercada por una muralla de cedros. Ahí me despedía de ese tren y su locomotora que parecía responderme con su respiración de vapor. En ese entonces me habría gustado ser maquinista, pero de locomotoras a vapor, de esas que echaban humo y parecían jadear como si estuvieran vivas.
(...Y continuará también)

viernes, 22 de febrero de 2008

Vegui don Rorro...


A través de esta humilde tribuna quisiera brindar un pequeño homenaje y reconocimiento a los logros de Rorrito y su banda, Sinergia, que hoy de madrugada nos hicieron vibrar y emocionar con su triunfo en la Quinta Vergara.

Esta situación me hizo rememorar cuando don Yope salió en la tele, en blanco y negro por supuesto y a don Jota le corrían los riales y se le empañaban las lentejas de pura emoción. Habíamos pensado con don Mejai juntarnos para ver a Sinergia y llorar juntos, pero no se pudo...

Hoy por la mañana, todavía con los ojos entelados por la trasnochada vi como entrevistaban a esos padres orgullosos. Bien madam !!! Bien por don Yoyo !!!
Congratulaciones don Rorro!!!






viernes, 8 de febrero de 2008

''Cantar es lindo deleite, mucho mejor con guitarra''

''Cantar es lindo deleite, mucho mejor con guitarra'' dice Violeta. Ese era el gusto de Don Pedro y yo, el Pello, andaba por ahí con las orejas bien abiertas tratando de memorizar canciones, refranes, dichos e historias, porque presentía que un día eso me iba a inspirar. Primero quería componer sinfonías como Beethoven, pero el objetivo estaba demasiado arriba y para llegar a ello se necesitaba además de ser genio y prodigio (virtudes que no tengo), mucha dedicación y trabajo, sin garantías de éxito aceptable. Por eso opté poco a poco por la vida más simple y variada. Todo me intrigaba y por suerte tenía mi pedagogo particular: mi taita. Una mezcla de hombre rústico y refinado, de simple y erudito; era el pastor de cabras que había llegado hasta la universidad sin recursos financieros, haciéndole empeño casi solo. Un año de medicina veterinaria alcanzó a terminar, después no sé qué lo hizo abandonar los estudios, lo cierto es que no me lo imagino de otra manera que artista como era y autodidacta en todo lo que podía aprender. Hablaba y leía en inglés sin haber tomado cursos, le gustaba experimentar en física y química. Fabricaba jabón, pilas eléctricas, papel de un tipo especial, hacía fotograbados, creaba aparatos, desarrollaba fotografías y un lote de inventos que soñaba comercializar, sin contar los experimentos que no le resultaban. Entonces me pregunto: de dónde más podríamos haber sacado las inquietudes que nos caracterizan a mi hermano y a mí. Y como a don Pedro se le hacía cuesta arriba cobrar por sus trabajos a nosotros también nos cuesta tener fortuna. Pero somos afortunados de adentro y de cariño, con un mopri que vibra en la misma onda y que nos da la ocasión de expresar estas dulces nostalgias.
Escrito por don Yope

jueves, 7 de febrero de 2008

Que tiempo feliz el de la niñez...

Papudo aparece en mi memoria casi simultáneamente con mi uso de razón. ''Me veo chango en patio jugar'', dice la zamba. Los cerros, las quebradas, la playa, los roqueríos, el golf... Eran mis inmensos terrenos de juego y con los cabros Encina inventábamos cada aventura que hasta al Indiana Jones le quedaría como poncho. Desde que nos conocimos fuimos compinches y nos quisimos como hermanos. Cuando empiezo a recordar retrocedo hasta ese verano en que mi viejo me llevó en tren y nos alojamos en El Parrón, al lado de Don Rola. Una mañana fuimos a pasear al golf que tenía la entrada casi al frente de donde nos alojábamos. Entramos por un camino de media cuadra de largo entre dos filas de aromos hasta llegar a la partida de lo que era el hoyo 1, hoy es el 18, pero era dos veces más largo. Esa cancha servía de pista de aterrizaje para las avionetas de los ricachones que llegaban a veranear y se paseaban entre Santiago y los diferentes balnearios del país. Al lado de la partida había una casucha desde donde apareció el viejo Miguel y nos metió conversa y me regaló un fierro 4 con el mango de madera cortado para ser usado por un pergenio como yo. Los viejos agarraron papa conversando y se dieron cita en El Parrón para el anochecer. Conversaron de lo humano y de lo divino delante de unas botellas de tinto que fueron vaciando con parsimonia. Ahí supe que los dos eran de temer para los combos y entre salud y salud se fue sellando una amistad que hasta hoy tiene felices consecuencias. Al otro día nos cambiamos a la casa de los vecinos de los Encina que estaba desocupada y que ellos tenían por misión de cuidar. Esa misma noche mi viejo se dio a conocer como cantor y guitarrero y casi se amaneció cantando los éxitos románticos del momento. Pero a mí lo que más me gustó fue Paisajes de Catamarca, entonces me dieron las ganas de tocar guitarra yo también, pero como tenía los dedos chicos y la guitarra de mi taita era re dura no me resultó ningún intento para sacarle algo con sentido musical. Así empezó mi cariño por Papudo. Durante el día íbamos a caminar, vagabundeando por los cerros, la Quebrada del Francés, el Monte Oscuro... y todos esos lugares que nos llenaban el alma de poesía y sueños. La noche sin electricidad se llenaba de estrellas donde reinaban Las Tres Marías (Orión) y las Nubes de Magallanes. Entre los ladridos interminables de los perros escuchábamos los grillos, las lechuzas y los zorros que se internaban en el pueblo para apoderarse de alguna gallina mal protegida. Hoy disfruto esos recuerdos y trato de compartirlos con ustedes y con quien pueda leer esta página. Y como dice la zamba ''qué tiempo feliz el de la niñez, penay yo no sé para qué pasará. Palabrita e' Dios que dan gana 'e llorar de solo pensar que no volverá''... Pero yo sigo teniendo lindos sueños evocando aquellos tiempos. (continuará)

Escrito por don Yope

San Pablo 2322

Y bueno, aquí estoy yo, el más jovie de los mopris. Como soy el más antiguo me permito empezar recordando mi primera infancia, cuando ustedes aun no eran habitantes de este planeta.

La casona en segundo piso de San Pablo 2322, y el abuelo David que llega a la hora de almuerzo lanzando una especie de silbido para anunciarse. Era un sonido producido con un soplido entre los dientes, la lengua y el labio inferior, que lo podría representar en música aproximadamente por cinco impulsos que podrían ser las notas: do...do,do, do,la (negra, dos corcheas y dos corcheas). Luego aparece mi viejita: la Tita. Siempre con un trapero u otro instrumento doméstico propio de su condición femenina. No la recuerdo joven descansando. Pero con su corazón del porte de un buque, sirviendo a todo el mundo. Y mi viejo...Con la guitarra en los brazos o un grueso libro en la mano, soñando con hacer un safari en el Serengueti para convivir con los Masais y los Watusi. De la abuela Ana tengo solo recuerdos grises, siempre enferma, quedándose poco a poco inválida.En seguida aprecen los tíos. Buenos pa' la talla, para pasarlo bien y querendones. Cada uno con su personalidad bien propia: uno manejando micro, otro viajando en tren, este otro tocando ''bugui-bugui'' en el piano y el otro medio alejado viviendo en Valpo.Y ahí está mi hermana en la camita que antes fuera mía y que nos sirvió de lecho a los tres hermanos. Mis recuerdos empiezan ahí. El resto de la historia la iremos contando entre los tres mopris.
Escrito por don Yope